Una ventana a las fragas
   
 

 

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La vegetación es un complejo mosáico.

Hayedos, robledales, abedulares, fresnedas, bosques de alisos y las posibles conbinaciones entre ellos, conforman la lista de bosques atlánticos distribuídos por el occidente europeo y vinculados por factores climáticos más o menos homogéneos.

De entre las peculiaridades del clima atlántico es destacable la existencia de un período anual en el que las poco favorables condiciones niegan la actividad vegetativa y favorecen la caída de las hojas en los árboles.

Aquí el otoño es una explosión de colores.

 

Este es el caso de Galicia, un territorio en el que, prescindiendo de la actividad roturadora humana, los bosques atlánticos formados por especies del género Quercus dominarían la gran parte del territorio. La mayor parte de estos bosques se extendieron por Europa desde las áreas más bajas en un período húmedo y cálido llamado Período Atlántico que abarca desde hace cuatro mil a siete mil años en el que las especies del género Quercus ganaron terreno a pinares y abedulares.

La mayor parte de estos bosques se extendieron por Europa desde las áreas más bajas en un período húmedo y cálido llamado Período Atlántico.

Entre los supervivientes de la intervención humana desde el neolítico se encuentran las Fragas del Eume cuya significacia puede ser valorada desde dos puntos de vista.

Por una parte y de forma inmediata, la generalidad que supone un paisaje similar al que en otros tiempos se dibujaba sobre las áreas costeras de Galicia.

Por otra parte la singularidad aportada por diferentes especies que por raras, amenazadas, o estar fuera de su área normal de distribución, son consideradas de gran valor en el ámbito científico.

Los bosques de robles -fragas- se extienden a lo largo y ancho de aproximadamente 2.500 hectáreas del parque natural. Y es, el Carballo (Quercus robur) el árbol dominante.

Los robles son los árboles más numerosos.

 

La historia de los robles es indisociable de la de la misma del hombre en estas tierras y nos trae recuerdos de tiempos lejanos en los que los árboles eran objeto de culto hasta que aún en el siglo VI San Martín de Dumio prohibió estas practicas.

Más no nos desviemos, acompañan a los robles otros árboles como Abedules, Avellanos y Castaños, estos últimos cultivados para la obtención de frutos y madera.

Tambien con menos frecuencia aparecen Rebollos (Quercus pyrenaica), Robles albares (Q. petraea), Olmos (Ulmus montana) y Alcornoques (Q. suber).

La historia de los robles es indisociable de la de la misma del hombre.

Si dirigimos nuestras observaciones al estrato inmediatamente inferior, veremos Arraclanes (Frangula alnus), Perales y Manzanos silvestres (Pyrus pyraster y Malus sylvestris) siendo estos últimos los únicos citados en la provincia coruñesa.

Especial lugar ocupa entre los arbustos el Acebo (Ilex aqifolium) que por ser de hoja perenne y fructificación invernal brinda una importante fuente de sustento y cobijo a la maltrecha fauna durante este período.

No se quede el viajero con la mirada fija en los acebos y continúe descendiendo en los estratos vegetales. Arándanos (Vaccinum myrtillum), Brezos (Erica arborea) y lianas (Hedera helix, Lonicera periclymenun) acompañan a otros vegetales de menor popularidad como: Holcus mollis, Physospernum cornubiense, Saxifraga espathularis,Melapyrum pratense, Luzula sylvatica, Anemone nemorosa, Viola riviniana y otras.

El interior del cañón posee una variedad sorprendente de helechos que le han valido a este parque fama botánica internacional.

 

 

Además la presencia de abundantes helechos es una característica de estas fragas: Bletchnum spicant, Dryopteris affinis, D. aemula, Polypodium interjectum, Pteridium aquilinum y Lastraea limbosperma son los más frecuentes.

Como último apunte al bosque de robles, es necesario decir que en las zonas del parque en donde el clima es ligeramente más benigno, y esto sucede particularmente en el último tramo de l río, aparecen especies vegetales de carácter termófilo como el Laurel (Laurus nobilis), el Madroño (Arbutus unedo) y el Rusco (Ruscus aculeatus).

Escasamente diferenciable del anterior por su aspecto externo son los bosques de ribera que como se puede suponer, se sitúan a ambas márgenes de los cursos de agua. Mas no caiga el lector en un error. Aunque sea poca la superficie ocupada por estos bosques, sus efectos protectores son tan vitales para el sostenimiento del equilibrio ecológico aquí, como en cualquier otra parte donde habiten. Las raíces de los árboles sujetan el terreno ante las frecuentes crecidas del río al mismo tiempo que absorben contaminantes de sus aguas. Sus copas asombran el río equilibrando su temperatura ante las variaciones exteriores. Y la última y más notable característica, funcionan como corredores biológicos fomentando la movilidad de las especies y el intercambio genético entre poblaciones aisladas.

El bosque de ribera acoge una muy significativa biodiversidad.

 

Los Alisos (Alnus glutinosa) son, en general, los árboles dominantes aunque su mandato se ve a veces cuestionado por Fresnos (Fraxinus excelsior), Sauces (Salix atrocinerea) Arces (Acer pseudoplatanus). Más raro será detenerse ante algún Tejo (Taxus baccatta) u Olmo (Ulmus glabra).

Formando a veces infranqueables y punzantes barreras, los arbustos como el Espino albar (Chrataegus monogyna), Prunus espinosa y Pyrus pyraster serán los que más frecuentemente veamos.

Ademas, en el estrato herbáceo, Senecio nemorensis, Brachypodium sylvaticum, Carex broteriana, Viola palustris, Hypericun androsaeum, Deschampsia hispanica, Euphorbia dulcis, Gallium broterianum, y los helechos, Osmunda regalis, B. spicant, Hymenophyllum tumbrigensis, Dryopteris guanchica y Vandesboschia speciosa.

En la flora briofítica recae uno de los valores más notables del parque natural

La existencia de helechos milenarios -merecedores de un capítulo aparte- dan idea de la buena conservación de estos bosques convirtiéndolos en áreas de protección prioritaria.

Conviviendo con los bosques de robles y de ribera existen dentro del espacio natural protegido otras formaciones vegetales. Algunas de ellas (matorrales) son de origen natural y guardan cierto interés biológico y cultural, en otras, de origen humano (eucaliptales, pinares, prados) el interés principal es de tipo económico.

Dejando aparte las formaciones y especies vegetales más evidentes, en la flora briofítica (musgos y hepáticas) recae uno de los más notables valores del parque natural. La riqueza de estas fragas es excepcional. Tres especies son nuevas para Europa: Phyrrospora varians, Arthotellium illienum, y Polychielium dendriscum; cuatro son únicas en la brioflora española y veinticuatro son nuevas para la flora gallega. En resúmen, de las 437 especies de briófitos existentes en Galicia, 221 estan representados en estas fragas.

 

 

 

 

 

 
   

 

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